Parece mentira pero no hemos aprendido la lección. La cadena alimentaria para la leche y sus derivados ha vivido una situación casi nunca antes vista. Por fin todos los eslabones de la cadena estaban recibiendo lo que se merecían por el trabajo hecho y, además, no sólo cubrían sus costes de producción sino que legítimamente ganaban dinero. A la industria parece que esto no le convence y tienen por enseña que los ganaderos sobrevivan en lugar de dejarles “ganar dinero” como repiten hasta la saciedad y en un tono que ya se convierte en irritante amén de ofensivo. 

El sector lácteo vivió el año pasado por estas fechas un momento insólito cuando las principales industrias de este país se vieron aterrorizadas ante la tesitura de quedarse sin leche que transformar. La distribución sintió tres cuartos de lo mismo y los unos y los otros se lanzaron al campo a buscar la leche que les faltaba tanto para producir como para vender. 

Los ganaderos llegaron a provocar esa situación de carestía -mínima por otro lado- a base de arruinarse después de dos años de subidas salvajes de los costes de producción. En aquel momento ya no es que compensara llevar a las vacas al matadero es que no había más ahorros familiares de los que tirar para dar de comer a los animales. 

Entonces y sólo entonces, cuando faltaban a penas unas cuantas cisternas diarias para cubrir las necesidades es cuando los precios subieron. La leche superó los sesenta céntimos por litro, una cifra histórica. 

A partir de ese momento la alegría duró poco y en medio año hemos visto cómo la leche se quedaba en los 51 céntimos actuales.   

Sería hasta ofensivo recordar que en España se bebe leche y se comen quesos, que somos un país deficitario, que traer la leche de otros países cuesta un dineral y que, por si fuera poco, eso contamina todo lo que no están dispuestos a reconocer esas empresas a las que se les llena la boca con el medio ambiente. 

Este invierno las empresas se preparan para -como dice la FeNIL- mejorar su competitividad a costa de la rentabilidad de los ganaderos. Ahora hay poca leche pero ellos saben perfectamente que en primavera podrán decir eso que tantos beneficios les reporta de “nos sobra leche”. Ante ese más que previsible escenario los ganaderos tienen la oportunidad de frenar, de controlar, de sujetarse en la producción para demostrar que el sector ha aprendido la lección. Está claro que la industria no lo ha hecho pero todavía hay lugar para la esperanza.