El precio de la leche en España se disparó hace ahora justo un año porque las industrias se quedaron sin materia prima y porque el desabastecimiento empezó a apoderarse de los lineales de Mercadona. El resto de la historia es bien sabido por todos. Se pasó el invierno, llegó la primavera y ante el habitual crecimiento estacional de la producción y una mínima recuperación de las entregas industrias y distribución volvieron a las andadas. 

Fueron a penas unos meses en los que la cadena alimentaria del sector lácteo en este país se vio equilibrada por primera vez. Por supuesto que el precio subió en los lineales después de treinta años congelado. Ni industria ni distribución estaban dispuestos a perder ni un céntimo de lo que legítimamente les correspondía por trabajar. Los resultados de las grandes compañías así lo atestiguan. Después de un año de lamentos por el “esfuerzo” que estaban realizando para comprar leche al precio que no querían, sus cuentas de resultados han sido históricas con las marcas blancas a la cabeza y tirando del mercado.

A partir del mes de abril esa situación de equilibrio pareció incomodar a los grandes popes del sector lácteo en España y pese al equilibrio logrado, sus miradas se dirigieron -como nunca lo habían hecho antes- a los precios que se pagaba por la leche en Europa. 

El escenario a partir de ese momento se ha vuelto inexplicable. No importa que el precio en los lineales se haya mantenido y que cada uno pueda facturar lo que necesita para sobrevivir sino que la cuestión está en que como afirman las industrias sin rubor; “los ganaderos ganan dinero”. Esa apostilla que cuaja cualquier negociación de contratos lácteos desde hace meses denota el talante y la falta de visión de futuro, amén de un mínimo grado de justicia, del que hacen gala.

La cantinela de los precios en Europa parece haber pasado a un segundo plano y aunque todos saben, igual que lo sabían antes, que los franceses, los alemanes o los holandeses no podían seguir produciendo a ese precio, han preferido mirar hacia otro lado encontrando la disculpa perfecta para agrandar sus brechas de beneficios reduciendo los de los ganaderos. 

La senda bajista que se pretende imprimir en las negociaciones de los contratos para el último trimestre es fruto de una cabezonada asentada en dos pilares incuestionables. El primero e intachable es el afán por ganar más dinero de industrias y distribución. El segundo y triste a más no poder es que el productor, el ganadero “ganó mucho dinero “cuando la leche estaba a 60 céntimos. La cuestión es si alguien se ha preguntado cómo ha bajado la producción en esos países donde la leche era y sigue siendo tan barata y apetecible a los ojos de la industria.