No cabe duda que el sector del ovino lechero vive tiempos de transformación arrastrado por los cambios en los hábitos de consumo. La reducción en la demanda interna de los quesos puros de oveja ha reducido las necesidades de la industria transformadora. Esa realidad, sin embargo, se ha visto compensada por un trasvase en el consumo hacia los quesos de mezcla. La utilización de leche de oveja en estos últimos y su gran volumen de producción hacen que el actual nivel de presión en el precio al que están sometidos los ganaderos carezca de sentido si se pretende mantener viva una actividad en la que no sólo se la juegan los productores sino que lo hace todos y cada uno de los eslabones de la cadena alimentaria. 

Las subidas de precio experimentadas en el año 2024 lograron estabilizar el sector y frenar, aunque no evitar, el importante número de cierres de explotaciones que el ovino de leche lleva soportando desde hace años. 

El constante e histórico tira y afloja de las industrias transformadoras en la negociación de los contratos lácteos tiene que convertirse en un ejercicio de responsabilidad, con las miras puestas en el medio y largo plazo y teniendo en cuenta la realidad de las explotaciones. No se puede continuar apretando a los ganaderos hasta que no pueden más, dejan de producir por falta de rentabilidad y, después, subir los precios para intentar recuperar esa leche que ha dejado de producirse y que siempre es necesaria. 

No hacen falta leyes ni sanciones para ver que la delgada línea en la que se mueve el sector puede desaparecer si deja de existir una masa crítica lo suficientemente grande y solvente como para enfrentarse a la vicisitudes reales del mercado. Hacer frente a estrategias caducas y de otros tiempos que consisten en mantener a los ganaderos en una economía de subsistencia ya no son válidas. Ese subir y bajar precios, independientemente del mercado, ya no es posible porque la continuidad de las explotaciones ya es de por si bastante complicada independientemente de la situación económica. Esas complicaciones de tipo laboral y de relevo ponen de manifiesto que lejos de la presión actual se puede y se debe apostar por conseguir niveles de mejora en las explotaciones que sean capaces de mantener la actividad y todo esto es imposible sin unos precios capaces no sólo de cubrir costes sino de generar beneficios para quienes trabajan en las explotaciones y para quienes tendrán que hacerlo en el futuro. No se trata de mantener al sector con respiración asistida sino en convertirlo en un espacio de futuro del que todos saldrán beneficiados.

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